Existe un Paris turístico, el que aparece en las películas románticas, el de las guías de viaje, es el Paris de la Torre Eiffel, del Louvre y su Gioconda cansada de mirar a tanto japonés, de paseos bajo los esqueléticos árboles de los Campos Elíseos, un Paris de lujo, de restaurantes chic, de colas interminables para entrar a los museos instalados en Palacios del S. XVII sutilmente restaurados, de grandes monumentos que han perdido su significado, ese Paris cuyo secreto mejor guardado es que llueve mas días al año que en Londres.
Sin embargo je aime un Paris oculto, que languidece en edificios que no llaman la atención.Es el Paris de tejados abuhardillados en pizarra, el que transcurre tras los parpados metálicos que te protegen de la luz en el Instituto del Mundo Árabe y se instala en las miradas profundas cruzadas con sus habitantes, en la ligereza transparente de la Fundación Cartier, en la invitación a sentarte a comer con una desconocida de enigmáticos ojos grises, se siente también en el laberinto de pasillos del metro, en un pequeño club de jazz de St. Germain, donde ni siquiera cobran entrada y hay un piano blanco de cola para quien este dispuesto a acariciarlo, en la villa Savoy, en el museo Picasso, en la multitud de pequeñas galerías de arte, en la Plaza de los Vosgos o el cementerio de Père-Lachaise, lugares con un encanto especial que se instalan en tu cabeza para hacer replantearte toda tu vida y soñar con quedarte a vivir para siempre.


